
Recuerdo el instante en que se me reveló qué era un libro, qué sería para mí, desde entonces, un libro.
Mi madre me leía cuentos por las noches, yo cerraba los ojos porque veía en una sucesión de imágenes lo que escuchaba, hasta que un día, no sé por qué, quebré ese rito y miré el libro que descansaba en el borde de mi cama. Con sorpresa no exenta de inquietud, comprobé que ahí no había imágenes.
En esa lógica de la ensoñación en que viven los niños, nunca me había detenido a pensar que la fuerza de las palabras, del relato, estimulaba mi imaginación más allá de lo que realmente estuviera o no dibujado en el libro. Cuando mi madre me explicó ese proceso y me dijo que, a su vez, el autor del libro también había imaginado escenas y situaciones, pregunté dónde estaban esas imágenes y situaciones imaginadas. La respuesta fue en la escritura, en las palabras que formaban la narración que estaba leyéndome.
Pregunté con ansiedad si yo también podía entrar en esas historias. Mi madre me calmó diciéndome que, cuando creciera, aprendería a leer. Y entonces podría ver todas y cada una de las historias que encerraban los libros de la bilioteca. Esto sucedió cerca de una Navidad. Todavía recuerdo la emción que sentí, la alegría de imaginar que al tener esa llave mágica podría entrar para siempre en el país de las maravillas, como Alicia. Entonces, cerrando los ojos y eligiendo quizá por primera vez en mi vida, deseché los juguetes que pensaba pedir y dije:
"Quiero como regalo de Navidad, aprender a leer". Tenía cuatro años.
María Kodama
Viuda de Jorge Luis Borges, preside la Fundación que lleva el nombre del gran escritor argentino
¡¡Felicidades!!